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CLASE 1: EL FUNDAMENTO ETERNO – LO QUE LA SANGRE ES Y LO QUE HA OBRADO

Artículo basado en “El Poder de la Sangre de Jesús” de Andrew Murray


INTRODUCCIÓN: LA SANGRE COMO HILO CONDUCTOR DE LAS ESCRITURAS

Desde el principio hasta el final de la Revelación, desde las puertas del Edén hasta las puertas de la Sión celestial, hay un hilo de oro que atraviesa toda la Escritura: la sangre. Dios nos ha hablado en diversas porciones y de diversas maneras, pero la voz es siempre la misma. Es de suma importancia tratar la Biblia como un todo y reconocer el lugar único que ocupa la sangre en el corazón de Dios.

Nuestra pregunta fundamental es: ¿Qué nos enseñan las Escrituras acerca de la sangre? Y la respuesta se despliega en cuatro grandes escenarios: el Antiguo Testamento, la enseñanza de Jesús mismo, la predicación de los apóstoles y la revelación del Apocalipsis. Lo que descubrimos es que no hay una sola idea bíblica, desde Génesis hasta Apocalipsis, mantenida más constante y prominentemente en mente que la expresada por las palabras: “La Sangre”.


PRIMERA PARTE: EL TESTIMONIO DEL ANTIGUO TESTAMENTO – “NO SIN SANGRE”

La historia de la redención comienza con la sangre. Abel trajo “de las primicias de su rebaño” y, por fe, ofreció un sacrificio aceptable. A la luz de la revelación posterior, este testimonio es de profunda importancia: no puede haber acercamiento a Dios, ni comunión con Él por la fe, ni goce de Su favor, aparte de la sangre. Abel ocupa el primer lugar en el registro de aquellos a quienes la Biblia llama “creyentes”, y su fe y el beneplácito de Dios en él están estrechamente relacionados con la sangre del sacrificio.

Cuando el diluvio purificó la tierra con agua, el nuevo comienzo de Noé no fue “sin sangre”; inmediatamente después de haber salido del arca, ofreció un holocausto a Dios. Al igual que con Abel, el nuevo comienzo de Noé no fue “sin sangre”.

Más tarde, Abraham debía aprender que Isaac, el hijo de la promesa, solo podía ser verdaderamente entregado a Dios mediante la muerte. En el Monte Moriah, un carnero fue ofrecido en lugar de Isaac, enseñando la gran lección de la sustitución. Aquí se enseña claramente la gran lección: por medio de la muerte se podía lograr la liberación de la vida del yo.

La liberación de Israel de Egipto confirmó esta verdad. Ni la gracia electiva de Dios, ni su pacto con Abraham, ni el ejercicio de su omnipotencia podían prescindir de la necesidad de la sangre. Mediante la aspersión de los marcos de las puertas con la sangre del cordero pascual, y mediante la institución de la Pascua como ordenanza permanente con las palabras: “Cuando vea la Sangre pasaré de vosotros”, se le enseñó al pueblo que la vida puede obtenerse únicamente por la muerte de un sustituto.

En el Sinaí, el pacto fue establecido con sangre, rociada sobre el libro y sobre el pueblo. El pacto tenía su fundamento y su poder en esa sangre. Solo por la sangre Dios y el hombre pueden entrar en comunión mediante el pacto. Inmediatamente después, Dios ordenó la construcción del santuario para habitar en medio de ellos. Cada aspecto del culto en el Tabernáculo —el altar del holocausto, el altar del incienso, el velo y el Lugar Santísimo— apuntaba a la sangre. El acto más alto del culto era la aspersión de la sangre en el propiciatorio una vez al año.

Conclusión del Antiguo Testamento: En el Sinaí, en el desierto, en Silo y en el Templo, durante mil quinientos años, la lección fue la misma: el camino para la comunión con Dios es solo a través de la sangre.


SEGUNDA PARTE: LA ENSEÑANZA DE JESÚS – EL CORDERO DE DIOS

Cuando Juan el Bautista anunció a Jesús, lo presentó bajo un doble oficio: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y “el que bautizaría con el Espíritu Santo”. El derramamiento de la sangre del Cordero debía preceder al derramamiento del Espíritu. Solo cuando se haya cumplido todo lo que el Antiguo Testamento enseña acerca de la sangre, puede comenzar la Dispensación del Espíritu.

Jesús mismo declaró que su muerte en la cruz era el propósito de su venida, la condición necesaria para la redención y la vida que vino a traer. En la sinagoga de Cafarnaúm, habló de sí mismo como el “Pan de Vida” y enfatizó cuatro veces: “Si no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros”“El que bebe mi sangre, tiene vida eterna”“Mi Sangre es verdadera bebida”“El que bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Juan 6). Esta declaración establece el hecho fundamental: el Hijo de Dios no puede restaurar nuestra vida perdida sino muriendo por nosotros, derramando su sangre y haciéndonos partícipes de su poder.

En la última noche, instituyó la Santa Cena diciendo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros y por muchos se derrama para remisión de los pecados. Bebed de ella todos” (Mateo 26:28). “Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados”. Sin remisión de pecados no hay vida. Pero por el derramamiento de su sangre, Él ha obtenido una nueva vida para nosotros. La sangre derramada en la Expiación nos libera de la culpa del pecado y de la muerte; la sangre que por la fe bebemos, nos otorga su vida.


TERCERA PARTE: LA ENSEÑANZA DE LOS APÓSTOLES – LA REALIDAD ESPIRITUAL

Bajo la inspiración del Espíritu Santo, los apóstoles confirmaron que la sangre sigue siendo el poder central de toda nuestra redención. Después de la Resurrección y Ascensión de nuestro Señor, todo lo que era simbólico ha pasado, y las profundas verdades espirituales expresadas por medio de símbolos han sido reveladas. Pero no hay ningún velo sobre la sangre. Todavía ocupa un lugar prominente.

La Epístola a los Hebreos, escrita para mostrar que el servicio del Templo había quedado obsoleto, es precisamente donde se habla de la sangre de Jesús con mayor énfasis:

  • “Por su propia sangre entró en el Lugar Santísimo” (Hebreos 9:12).
  • “La sangre de Cristo purificará vuestra conciencia” (v. 14).
  • “Tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo” (Hebreos 10:19).
  • “Os habéis acercado… a la sangre rociada” (12:24).
  • “Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (13:12).
  • “Dios resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesucristo mediante la sangre del pacto eterno” (13:20).

Con estas palabras el Espíritu Santo nos enseña que la sangre es realmente el poder central de toda nuestra redención. “No sin sangre” es tan válido en el Nuevo Testamento como en el Antiguo. Nada más que la Sangre de Jesús, derramada en Su muerte por el pecado, puede cubrir el pecado del lado de Dios, o eliminarlo del nuestro.

Pablo escribe acerca de “ser justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús… mediante la fe en su sangre” (Romanos 3:24-25), de “ser ahora justificados en su sangre” (5:9). A los Corintios declara que “el cáliz de bendición que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo” (1 Corintios 10:16). Recuerda a los Efesios que “tenemos redención por su sangre” y que “somos hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Efesios 1:7 y 2:13).

Pedro recuerda a sus lectores que fueron “elegidos… para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2), redimidos por “la sangre preciosa de Cristo” (v. 19). Juan asegura a sus “hijitos” que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). El Hijo es Aquel que “no vino solo mediante agua, sino mediante agua y sangre” (v. 6).

Todos ellos concuerdan en mencionar la sangre y en gloriarse en ella, como el poder por el cual se cumple plenamente la redención eterna por medio de Cristo, y luego es aplicada por el Espíritu Santo.


CUARTA PARTE: EL TESTIMONIO DEL CIELO – EL CORDERO INMOLADO

Quizás todo esto sea meramente lenguaje terrenal. ¿Qué tiene que decir el Cielo? ¿Qué aprendemos del libro del Apocalipsis acerca de la gloria futura y de la sangre? Es de la mayor importancia notar que en la revelación que Dios ha dado en este libro, de la gloria de su trono y la bienaventuranza de quienes lo rodean, la sangre todavía conserva su lugar notablemente prominente.

Juan vio en el trono “un Cordero como inmolado” (Apocalipsis 5:6). Cuando los ancianos se postraron ante el Cordero, cantaron un cántico nuevo diciendo: “Digno eres… porque nos inmolaste, y con tu sangre nos has redimido para Dios” (versículos 8-9).

Más tarde, cuando vio la gran multitud que nadie podía contar, se le dijo en respuesta a su pregunta sobre quiénes eran: “Han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (7:14).

Por otra parte, cuando oyó el cántico de victoria sobre la derrota de Satanás, su tono era: “Ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero” (12:11).

En la gloria del cielo, como la vio Juan, no había frase alguna que pudiera resumir y expresar los grandes propósitos de Dios, el maravilloso amor del Hijo de Dios, el poder de su redención, y el gozo y la acción de gracias de los redimidos, excepto esta: “La sangre del Cordero”.

Lecciones que aprendemos:

  1. Dios no tiene otra manera de tratar con el pecado, o con el pecador, sino a través de la sangre. Para la victoria sobre el pecado y la liberación del pecador, Dios no tiene otro medio ni otro pensamiento que “la sangre de Cristo”. Todas las maravillas de la gracia están enfocadas aquí: la encarnación, el amor que no se perdonó a sí mismo, la justicia que no podía perdonar el pecado hasta que la pena fuera llevada, la sustitución, la expiación y la justificación, la renovada comunión con Dios, la limpieza y la santificación, la unidad en vida con el Señor Jesús, el gozo eterno del himno de alabanza.
  2. La sangre debe tener en nuestros corazones el mismo lugar que tiene en Dios. Desde el principio de los tratos de Dios con el hombre, el corazón de Dios se ha regocijado en esa sangre. Nuestro corazón nunca descansará ni hallará salvación hasta que nosotros también aprendamos a caminar y nos gloriemos en el poder de esa sangre. No es solo el pecador penitente, que anhela el perdón, quien debe valorarlo de esta manera. Los redimidos experimentarán que no hay nada que acerque más nuestros corazones a Dios que vivir en constante visión espiritual de esa sangre.
  3. Debemos tomar tiempo y esfuerzo para aprender la plena bendición y poder de esa sangre. La sangre de Jesús es el misterio más grande de la eternidad, el misterio más profundo de la sabiduría divina. No nos imaginemos que podemos comprender fácilmente su significado. Dios pensó que eran necesarios 4000 años para preparar a los hombres para ello, y nosotros también debemos tomarnos ese tiempo.
  4. Podemos confiar en que el Señor Jesús nos revelará el poder de su sangre. Es por esta confianza plena en Él que la bendición obtenida por la sangre llega a ser nuestra. Nunca debemos, en nuestro pensamiento, separar la sangre del Sumo Sacerdote que la derramó y que vive siempre para aplicarla.

QUINTA PARTE: LA NATURALEZA DEL PODER DE LA SANGRE

Sabéis que fuisteis rescatados no con cosas corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:18-19).

El derramamiento de Su sangre fue la culminación de los sufrimientos de nuestro Señor. La eficacia expiatoria de esos sufrimientos estuvo en esa sangre derramada. Por lo tanto, es de gran importancia que el creyente no se conforme con la mera aceptación de la bendita verdad de que es redimido por esa sangre, sino que prosiga hacia un conocimiento más completo de lo que esa sangre tiene el propósito de hacer en un alma entregada.

Sus efectos son múltiples, pues leemos en las Escrituras acerca de la reconciliación por medio de la sangre, de la limpieza por medio de la sangre, de la santificación por medio de la sangre, de la unión con Dios por medio de la sangre, de la victoria sobre Satanás por medio de la sangre, de la vida por medio de la sangre. Estas son bendiciones separadas, pero todas están incluidas en una sola frase: redención por la sangre.

¿En qué reside el poder de esa sangre?

Primero, en que la vida está en la sangre. La vida de una oveja es de menos valor que la vida de un buey; la vida del hombre es más valiosa que la de muchas ovejas. ¿Y quién puede decir el valor de la sangre de Jesús? En esa sangre habitó el alma del santo Hijo de Dios. La vida eterna de la Deidad fue llevada en esa sangre. El poder de esa sangre no es nada menos que el poder eterno de Dios mismo.

Segundo, en que es ofrecida a Dios en el altar para la redención. La sangre era la vida entregada a la muerte para satisfacer la ley de Dios y en obediencia a su mandato. El pecado estaba tan completamente cubierto y expiado que ya no se consideraba como obra del transgresor, sino que éste era perdonado. Pero todos estos sacrificios eran solo tipos y sombras hasta que vino el Señor Jesús. Su sangre era la realidad. Su sangre era en sí misma de valor infinito, porque llevaba Su alma o vida. Pero la virtud expiatoria de Su sangre era también infinita, por la manera en que fue derramada: en santa obediencia a la voluntad del Padre, se sometió a la pena de la ley quebrantada, derramando Su alma hasta la muerte. Por esa muerte, la ley fue satisfecha y el Padre fue glorificado. Su sangre expió el pecado y lo hizo impotente.


SEXTA PARTE: LO QUE LA SANGRE HA LOGRADO

1. La Sangre ha abierto el sepulcro

“El Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo… por la sangre del pacto eterno” (Hebreos 13:20). Fue por la virtud de la sangre que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. El poder omnipotente de Dios no se ejerció para resucitar a Jesús sin la sangre. Su sangre había satisfecho la ley y la justicia de Dios, había vencido el poder del pecado y lo había reducido a nada. Así también, la muerte fue derrotada, pues su aguijón, el pecado, había sido quitado, y el diablo también fue derrotado. La Sangre de Jesús ha abierto la tumba. Es únicamente por medio de la sangre que Dios ejerce Su omnipotencia al tratar con los hombres pecadores.

2. La Sangre ha abierto el cielo

“Cristo… por su propia sangre entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9:12). En el Tabernáculo del Antiguo Testamento, la presencia manifiesta de Dios estaba dentro del velo. Ningún poder del hombre podía quitar ese velo. La justicia eterna de Dios guardaba la entrada al Lugar Santísimo. Pero ahora nuestro Señor aparece, no en un Templo material sino en el verdadero. Como Sumo Sacerdote y representante de Su Pueblo, pide para Sí mismo, y para los hijos pecadores de Adán, una entrada en la presencia del Santo. Pide que el cielo se abra para cada uno, incluso para el mayor pecador, que crea en Él. Su petición es concedida por medio de la sangre. La Sangre de Jesús ha abierto el Cielo.

3. La Sangre es todopoderosa en el corazón humano

“Fuisteis redimidos de vuestra vana conversación con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:18-19). La palabra “redimidos” tiene un profundo significado. Indica liberación de la esclavitud, por emancipación o compra. El pecador está esclavizado, bajo el poder hostil de Satanás, la maldición de la Ley y el pecado. Ahora se proclama: “Sois redimidos por la sangre”, que había pagado la deuda de la culpa y destruido el poder de Satanás, la maldición y el pecado. La palabra “redención” incluye todo lo que Dios hace por un pecador desde el perdón del pecado hasta la liberación completa del cuerpo por la Resurrección. Es el único poder que efectúa diariamente la liberación de los pecadores.


SÉPTIMA PARTE: CÓMO ACTÚA ESTE PODER

Primero, por medio de la fe. La fe depende en gran medida del conocimiento. Si el conocimiento de lo que la sangre puede lograr es imperfecto, la fe espera poco y los efectos más poderosos de la sangre son imposibles. Muchos cristianos piensan que si ahora, por la fe en la sangre, han recibido la seguridad del perdón de sus pecados, tienen un conocimiento suficiente de sus efectos. No tienen idea de que las palabras de Dios, como Dios mismo, son inagotables, que tienen una riqueza de significado y bendición que sobrepasa todo entendimiento.

La fe crecerá al observar lo que la sangre ya ha logrado. El cielo y el infierno dan testimonio de ello. La fe crecerá al ejercer confianza en la insondable plenitud de las promesas de Dios. Esperemos de corazón que, a medida que entremos más profundamente en la fuente, su poder purificador, vivificador y dador de vida se revelará de manera más bendita. Por la fe me pongo en contacto más íntimo con esta corriente celestial, me entrego a ella, dejo que me cubra y pase a través de mí. Me baño en la fuente. Debo, con fe sencilla, apartarme de lo que se ve, para sumergirme en esa fuente espiritual, que representa la sangre del Salvador.

Segundo, por medio del Espíritu Santo. Las Escrituras relacionan la sangre más estrechamente con el Espíritu. El poder de la sangre solo se manifestará cuando el Espíritu actúe. En 1 Juan 5:8 leemos que “tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres son uno”. La sangre y el Espíritu siempre dan testimonio juntos. Donde se honra la sangre en la fe o en la predicación, allí obra el Espíritu; y donde obra, siempre conduce las almas a la sangre. El Espíritu Santo no podía ser dado hasta que la sangre fuera derramada. Debemos creer firmemente que Él está en nosotros, llevando a cabo Su obra en nuestros corazones. Por medio del Espíritu, la sangre nos limpiará, santificará y nos unirá a Dios.


OCTAVA PARTE: LO QUE SE NECESITA PARA EXPERIMENTAR EL PODER

Conocimiento necesario: Debemos saber que somos redimidos por la sangre preciosa. En la medida en que entendamos más plenamente qué es la redención, y cuál es el poder y la preciosidad de la sangre por la cual se obtuvo la redención, experimentaremos más plenamente su valor. Acudamos a la Escuela del Espíritu Santo para ser guiados a un conocimiento más profundo.

Necesidad y deseo: La sangre ha sido derramada para quitar el pecado. El poder de la sangre es anular el poder del pecado. Por desgracia, nos conformamos demasiado fácilmente con los primeros indicios de liberación del pecado. ¡Oh, que lo que queda de pecado en nosotros nos llegue a resultar insoportable! Si hubiera más deseo de liberación del pecado, de santidad y de amistad íntima con un Dios Santo, sería lo primero que se necesitaría para ser conducidos más profundamente al conocimiento de lo que la sangre puede hacer.

Expectativa: El deseo debe convertirse en expectativa. Cuando indagamos en la Palabra, con fe, sobre lo que la sangre ha logrado, debemos tener claro que la sangre puede manifestar todo su poder también en nosotros. Ningún sentimiento de indignidad, de ignorancia o de impotencia debe hacernos dudar. La sangre obra en el alma entregada con un poder de vida incesante. Entrégate a Dios Espíritu Santo. Fija los ojos de tu corazón en la sangre. Abre todo tu ser interior a su poder. La sangre sobre la que se funda el Trono de la Gracia en el cielo puede hacer de tu corazón el templo y el trono de Dios.


Conclusión de la Clase 1:

Hemos establecido el fundamento eterno de nuestra fe: la sangre de Jesús es el poder central de toda la redención. Desde el Antiguo Testamento hasta el Apocalipsis, desde la cruz hasta el trono celestial, la sangre es el hilo de oro que une el principio y el fin. Su poder reside en la vida divina que contiene y en la forma en que fue ofrecida en obediencia perfecta. Esta sangre ha abierto el sepulcro, ha abierto el cielo y es todopoderosa en el corazón humano. Para experimentar su poder, necesitamos fe, la obra del Espíritu Santo, conocimiento, deseo y expectativa.

La sangre de Jesús es el misterio más grande de la eternidad, el misterio más profundo de la sabiduría divina. En la siguiente clase exploraremos cómo esta sangre se aplica en la vida del creyente a través de sus diversos efectos: reconciliación, limpieza, santificación, acceso a Dios, vida, victoria y gozo celestial.


“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (Apocalipsis 1:5-6)

26/08/2026

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