Artículo basado en “El Poder de la Sangre de Jesús” de Andrew Murray
INTRODUCCIÓN: DE LA TEORÍA A LA EXPERIENCIA
En la primera clase establecimos el fundamento eterno: lo que la sangre es y lo que ha obrado. Ahora nos adentramos en la experiencia viviente: lo que la sangre hace en el creyente. Hemos visto que sus efectos son múltiples —reconciliación, limpieza, santificación, unión con Dios, victoria sobre Satanás, vida y gozo— y todos están incluidos en la palabra “redención”. Solo cuando el creyente entiende cuáles son estas bendiciones y por qué medios pueden llegar a ser suyas, puede experimentar el pleno poder de la redención.
La sangre no solo debe hacer algo por nosotros, colocándonos en una nueva relación con Dios, sino que debe hacer algo EN nosotros, renovándonos enteramente por dentro. Esta es la maravillosa verdad que ahora exploraremos.
PRIMERA PARTE: LA RECONCILIACIÓN POR LA SANGRE
“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:24-25).
Como hemos visto, varias bendiciones distintas han sido obtenidas para nosotros por el poder de la sangre de Jesús, las cuales están todas incluidas en la palabra “redención”. Entre estas bendiciones, la reconciliación ocupa el primer lugar. En la obra de redención de nuestro Señor, la reconciliación naturalmente viene primero. También ocupa el primer lugar entre las cosas que tiene que hacer el pecador que desea tener parte en la redención. A través de ella, se hace posible la participación en las otras bendiciones.
Para entender lo que significa la reconciliación por la sangre, consideremos:
1. El pecado que hizo necesaria la reconciliación
En toda la obra de Cristo, y sobre todo en la reconciliación, el objetivo de Dios es la eliminación y destrucción del pecado. El conocimiento del pecado es necesario para el conocimiento de la reconciliación. El pecado ha tenido un doble efecto: sobre Dios y sobre el hombre. En general, hacemos hincapié en su efecto sobre el hombre. Pero el efecto que ha ejercido sobre Dios es más terrible y serio. Es debido a su efecto sobre Dios que el pecado tiene su poder sobre nosotros.
¿Cuál fue entonces el efecto del pecado sobre Dios? En su naturaleza divina, Él permanece siempre inmutable, pero en su relación y comportamiento hacia el hombre, se ha producido un cambio total. El pecado es desobediencia, un desprecio de la autoridad de Dios; busca robarle a Dios su honor como Dios y Señor. No solo puede, sino que debe despertar su ira. Aunque el deseo de Dios era continuar en amor y amistad con el hombre, el pecado lo ha obligado a convertirse en un oponente. El hombre es culpable ante Dios. La culpa es una deuda que debe ser satisfecha y saldada. Mientras la deuda no sea saldada, o la culpa expiada, es imposible que un Dios Santo permita que el pecador entre en su presencia.
La palabra traducida como “reconciliación” significa en realidad “cubrir”. La verdadera reconciliación debe quitar la culpa del pecado, es decir, el efecto del pecado sobre Dios, de tal manera que el hombre pueda acercarse a Dios con la bendita seguridad de que ya no hay la menor culpa que pese sobre él y lo mantenga alejado de Dios.
2. La santidad de Dios que predestinó la reconciliación
La santidad de Dios es su infinita y gloriosa perfección, que le lleva a desear siempre el bien en los demás y en sí mismo. En ella se unen el amor y la ira de Dios: su amor que se otorga; su ira que, según la ley divina de justicia, echa fuera y consume lo que es malo. El santo amor no estaba dispuesto a dejar ir al hombre. La santa ira no podía renunciar a sus demandas. La ley había sido despreciada. Dios había sido deshonrado. No podía haber ningún pensamiento de liberar al pecador mientras la ley no fuera satisfecha. La única solución posible era la reconciliación.
La reconciliación por el pecado solo puede tener lugar por medio de la satisfacción. La satisfacción es reconciliación. Y como la satisfacción se realiza por medio de un sustituto, el pecado puede ser castigado y el pecador puede ser salvado. La santidad de Dios sería glorificada y sus demandas satisfechas, así como la demanda del amor de Dios en la redención del pecador; y la demanda de Su justicia en el mantenimiento de la gloria de Dios y de Su ley.
3. La sangre que obró la reconciliación
El Señor Jesús logró la satisfacción de las exigencias de la santa ley de Dios. Por medio de una obediencia voluntaria y perfecta, cumplió la ley bajo la cual se había colocado. En el mismo espíritu de entrega completa a la voluntad del Padre, llevó la maldición que la ley había pronunciado contra el pecado. Como Cabeza de la humanidad a través de la Creación, como su representante en el Pacto, Él se convirtió en su fiador. Como una perfecta satisfacción de las demandas de la ley se logró mediante el derramamiento de Su sangre, esto fue la reconciliación: la cobertura de nuestro pecado.
Ante todo, no debemos olvidar nunca que Él era Dios. Esto le confirió un poder divino para unirse a sus criaturas y tomarlas en Sí. Otorgó a sus sufrimientos una virtud de infinita santidad y poder. Hizo que el mérito de su derramamiento de sangre fuera más que suficiente para tratar con toda la culpa del pecado humano. Hizo de su sangre una reconciliación tan real, una cobertura tan perfecta del pecado, que la santidad de Dios ya no la contempla. Ha sido, en verdad, borrada. La sangre de Jesús, el Hijo de Dios, ha procurado una reconciliación real, perfecta y eterna.
En lugar de recibir favor, amistad, bendición y la vida de Dios, el hombre no tenía nada que esperar del cielo excepto ira, maldición, muerte y perdición. Pero la sangre de Jesús, el Hijo de Dios, ha sido derramada. Se ha hecho expiación por el pecado. Se ha restablecido la paz. La ira de Dios se vuelve y se esconde en la profundidad del amor divino. La justicia de Dios ya no aterroriza al hombre. Lo recibe como un amigo, ofreciéndole una justificación completa. El rostro de Dios irradia placer y aprobación cuando el pecador penitente se acerca a Él y lo invita a una comunión íntima. La reconciliación por la sangre de Jesús cubrió sus pecados, que ya no aparecen ante los ojos de Dios.
4. El perdón que sigue a la reconciliación
Que la sangre haya hecho reconciliación por el pecado, todo esto no nos servirá de nada a menos que obtengamos una parte personal en ello. Es en el perdón del pecado que esto ocurre. Dios ha ofrecido una absolución perfecta de todos nuestros pecados y culpas. Debido a que se ha hecho la reconciliación por el pecado, ahora podemos reconciliarnos con Él. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”. Después de esta palabra de reconciliación viene la invitación: “Reconciliaos con Dios”.
Las Escrituras emplean diversas ilustraciones para enfatizar la plenitud del perdón: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como una nube tus pecados” (Isaías 44:22). “Echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isaías 38:17). “Arrojarás a lo profundo del mar todos sus pecados” (Miqueas 7:19). “Se buscará la iniquidad de Israel, y no habrá; y los pecados de Judá, y no se hallarán; porque yo los perdonaré” (Jeremías 50:20).
Esto es lo que el Nuevo Testamento llama justificación. Tan perfecta es la reconciliación y tan verdaderamente el pecado ha sido cubierto y borrado, que aquel que cree en Cristo es considerado y tratado por Dios como enteramente justo. La absolución que ha recibido de Dios es tan completa que no hay nada que le impida acercarse a Dios con la mayor libertad. Para gozar de esta bienaventuranza no se necesita nada más que la fe en la sangre.
SEGUNDA PARTE: LA LIMPIEZA POR LA SANGRE
“Si andáis en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).
Ya hemos visto que el efecto más importante de la sangre es la reconciliación por el pecado. El fruto del conocimiento de la reconciliación y de la fe en ella es el perdón del pecado. Pero este primer efecto no es el único. A medida que el alma, por la fe, se entrega al Espíritu de Dios para comprender y gozar de la plena eficacia de la reconciliación, la sangre ejerce un poder ulterior, al impartir los demás beneficios.
Uno de los primeros resultados de la reconciliación es la limpieza del pecado. Entre nosotros, a menudo se habla de la limpieza como si no fuera más que el perdón de los pecados o la limpieza de la culpa. Sin embargo, esto no es así. La Escritura no habla de ser limpiado de la culpa. La limpieza del pecado significa liberación de la contaminación, no de la culpa del pecado. La culpa del pecado tiene que ver con nuestra relación con Dios y nuestra responsabilidad de enmendar nuestras malas acciones, o de soportar el castigo por ellas. La contaminación del pecado, por otra parte, es el sentido de contaminación e impureza que el pecado trae a nuestro ser interior, y es con esto con lo que la limpieza tiene que ver.
La purificación en el Antiguo Testamento
En el servicio de Dios, tal como lo ordenó Moisés para Israel, había dos ceremonias que el pueblo de Dios debía observar en preparación para acercarse a Él: las ofrendas o sacrificios y las limpiezas o purificaciones. Ambas debían observarse, pero de diferentes maneras. La diferencia entre las purificaciones y las ofrendas era doble:
Primero: la ofrenda tenía una referencia definida a la transgresión por la cual se debía hacer la reconciliación. La purificación tenía más que ver con condiciones que no eran pecaminosas en sí mismas, sino que eran el resultado del pecado, y por lo tanto debían ser reconocidas por el pueblo santo de Dios como contaminadas.
Segundo: en el caso de la ofrenda, nada se le hacía al oferente mismo. Él veía la sangre rociada sobre el altar o llevada al Lugar Santo; debía creer que esto procuraba la reconciliación ante Dios. Pero nada se le hacía a él mismo. En la purificación, por otro lado, lo que le sucedía a la persona era lo principal. La contaminación era algo que había sucedido a la persona, ya sea por enfermedad interna o por contacto externo; por lo tanto, el lavamiento o la aspersión con agua debía realizarse sobre él mismo como lo había ordenado Dios. La purificación era algo que él podía sentir y experimentar. Produjo un cambio no solo en su relación con Dios, sino en su propia condición.
El mismo significado de las palabras “limpio”, “limpieza”, se encuentra en otras partes del Antiguo Testamento. David ora en el Salmo 51: “Límpiame de mi pecado”, “Purifícame con hisopo y seré limpio”, “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio”. La limpieza es más que el perdón. De la misma manera, Ezequiel usa esta palabra refiriéndose a una condición interior que debe ser cambiada. En el capítulo 36:25, hablando del Nuevo Pacto, Dios dice: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; de todos vuestros ídolos os limpiaré”.
La bendición indicada en el Nuevo Testamento por la purificación
En el Nuevo Testamento se habla a menudo de un corazón limpio o puro. Nuestro Señor dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón” (Mateo 5:8). Pablo habla del “amor nacido de un corazón limpio” (1 Timoteo 1:5). También habla de una “conciencia limpia”. Pedro exhorta a sus lectores a “amarse unos a otros entrañablemente, con corazón puro”.
En 1 Juan 1:7 se nos dice que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Esta palabra “limpia” no se refiere a la gracia del perdón recibida en la conversión, sino al efecto de la gracia EN los hijos de Dios que andan en la luz. Leemos: “Si andamos en la luz, como él está en la luz… la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Que se refiere a algo más que el perdón se desprende de lo que sigue en el versículo 9: “Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. La limpieza es algo que viene después del perdón y es el resultado de éste, por la recepción interna y experimental del poder de la sangre de Jesús en el corazón del creyente.
Esto se lleva a cabo según la Palabra, primero en la purificación de la conciencia. “¿Cuánto más la sangre de Cristo… limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:14). La conciencia no es solo un juez que dicta sentencia sobre nuestras acciones, es también la voz interior que da testimonio de nuestra relación con Dios. Cuando es limpiada por la sangre, entonces da testimonio de que agradamos a Dios. Está escrito en Hebreos 10:2: “Los que adoran, una vez purificados, no tendrían más conciencia de pecado”. Recibimos por medio del Espíritu una experiencia interior de que la sangre nos ha librado tan completamente de la culpa y el poder del pecado que nosotros, en nuestra naturaleza regenerada, hemos escapado completamente de su dominio.
Y si la conciencia está limpia, también lo está el corazón, del cual la conciencia es el centro. Leemos acerca de tener el corazón limpio de una mala conciencia (Hebreos 10:22). No solo debe limpiarse la conciencia, sino también el corazón, incluyendo el entendimiento y la voluntad, con todos nuestros pensamientos y deseos. “La sangre de Jesucristo limpia de todo pecado”, tanto del pecado original como del pecado actual. La sangre ejerce su poder espiritual y celestial en el alma. En caso de la menor tropiezo, el alma encuentra limpieza y restauración inmediatas. Incluso los pecados inconscientes quedan sin poder por su eficacia.
¿Cómo experimentar el pleno goce de la limpieza?
Primero: conocimiento. Muchos piensan que el perdón de los pecados es todo lo que recibimos a través de la sangre. No piden nada más y no lo obtienen. Es una bendición comenzar a ver que el Espíritu Santo de Dios tiene un propósito especial al hacer uso de diferentes palabras en las Escrituras con respecto a los efectos de la sangre.
Segundo: deseo. Es de temer que nuestro cristianismo se complazca en posponer para una vida futura la experiencia de la bienaventuranza que nuestro Señor quiso para nuestra vida terrena: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. Hay muy poco anhelo interior de ser realmente agradables al Señor en todas las cosas y en todo momento.
Tercero: voluntad de separarse de todo lo que es inmundo. A causa del pecado, todo en nuestra naturaleza y en el mundo se contamina. La purificación no puede tener lugar si no hay una completa separación y renuncia a todo lo inmundo. “No toquéis lo inmundo” es el mandato de Dios a sus escogidos.
Cuarto: fe en el poder de la sangre. No es que, mediante nuestra fe, concedamos su eficacia a la sangre. No, la sangre siempre conserva su poder y eficacia, pero nuestra incredulidad cierra nuestros corazones y obstaculiza su funcionamiento. La fe es simplemente la eliminación de ese obstáculo, la apertura de nuestros corazones al poder divino por el cual el Señor viviente otorgará Su sangre.
TERCERA PARTE: LA SANTIFICACIÓN POR LA SANGRE
“Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (Hebreos 13:12).
La limpieza se refiere a la eliminación de la vieja vida y la mancha del pecado; la santificación se refiere a la nueva vida y a lo que Dios comunica como propio. La limpieza es preparatoria; la santificación es la plenitud de la bendición. La distinción entre estas dos cosas está claramente marcada en la Escritura. Pablo nos recuerda que “Cristo se dio a sí mismo por la iglesia, para santificarla, habiéndola purificado” (Efesios 5:25). Habiéndola purificado primero, luego la santifica.
¿Qué es la santificación?
Para entender qué es la santificación de los redimidos, debemos aprender primero qué es la santidad de Dios. Solo Él es el Santo. La santidad en la criatura debe recibirse de Él.
La santidad en el hombre es una disposición en completo acuerdo con la de Dios, que elige en todas las cosas querer como Dios quiere, como está escrito: “Como él es santo, sed también vosotros santos” (1 Pedro 1:15). La santificación incluye:
1. Separación: Lo que es sacado de su entorno, por orden de Dios, y puesto a un lado o separado como Su propia posesión y para Su servicio, eso es santo. “Seréis santos para mí… Yo os he apartado… para que seáis míos” (Levítico 20:26). “Tú eres pueblo santo para el Señor; el Señor tu Dios te ha escogido” (Deuteronomio 7:6).
2. Consagración: El hombre debe entregarse voluntariamente y de corazón a esta separación. La santificación incluye la consagración personal al Señor para ser Suyo. Dios no santifica a nadie contra su voluntad, por lo tanto, la entrega personal y sincera a Dios es una parte indispensable de la santificación.
3. Comunión y participación de la naturaleza divina: “Participar de la naturaleza divina” es la bendición que se promete a los creyentes en la santificación. “Para que participemos de su santidad” (Hebreos 12:10). La verdadera santificación es la comunión con Dios y Su morada en nosotros.
Esta santificación fue el objeto por el cual Cristo sufrió
“Jesús padeció para santificar a su pueblo” (Hebreos 13:12). En la sabiduría de Dios, la participación en su santidad es el destino más elevado del hombre. Por lo tanto, también este fue el objetivo central de la venida de nuestro Señor Jesús a la tierra. Cómo los sufrimientos de Cristo alcanzaron este fin y se convirtieron en nuestra santificación, nos lo muestran claramente las palabras que Él dirigió a su Padre: “Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Juan 17:19).
En Getsemaní, Jesús se ofreció a sí mismo y su voluntad a la voluntad y santidad de Dios. Se santificó a sí mismo, mediante una perfecta unidad de voluntad con la de Dios. Esta santificación de sí mismo se ha convertido en el poder por el cual también nosotros podemos ser santificados por medio de la verdad. “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). La perfecta obediencia en la que se entregó a sí mismo no solo fue la causa meritoria de nuestra salvación, sino que es al mismo tiempo el poder por el cual el pecado fue vencido para siempre.
Cómo se obtiene la santificación por la sangre
Hemos visto que el principio de toda santificación es la separación para Dios, como Su posesión total. ¿Y no es esto precisamente lo que proclama la sangre? “No sois vuestros, habéis sido comprados por precio”; este es el lenguaje con el que la sangre nos dice que somos posesión de Dios. “Jesús, para santificar a su pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento”. “Salir” de todo lo que es de este mundo fue la característica de Aquel que era santo, y debe ser la característica de todos sus seguidores.
También hemos visto que la consagración personal y la entrega sincera y voluntaria a vivir solo para y en la santa voluntad de Dios es parte de la santificación. ¿De qué manera puede la sangre de Cristo obrar en nosotros esta entrega? En la sangre tenemos una representación impresionante de la auto-entrega de Cristo. La voz de la sangre no hablará simplemente para enseñarnos o para despertar el pensamiento; la sangre habla con un poder divino y vivificante. Obra en nosotros la misma disposición que había en nuestro Señor Jesús.
Pero la consagración misma, aun cuando siga a cualquier separación, es solamente una preparación. La santificación entera tiene lugar cuando Dios toma posesión de y hace descender con su gloria el templo que le es consagrado. “Allí me reuniré con los hijos de Israel, y serán santificados con mi gloria” (Éxodo 29:43). La santificación real y completa consiste en que Dios imparte su propia santidad, es decir, se da a sí mismo. Aquí también habla la sangre: nos dice que el cielo está abierto, que los poderes de la vida celestial han descendido a la tierra, que todo obstáculo ha sido eliminado y Dios puede hacer su morada con el hombre.
CUARTA PARTE: ACLARADOS POR LA SANGRE PARA SERVIR AL DIOS VIVO
“Vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Efesios 2:13). “La sangre de Cristo… limpiará vuestras conciencias… para que sirváis al Dios vivo” (Hebreos 9:14).
La santificación y la cercanía a Dios van de la mano. La sangre nos da:
1. El derecho a morar en la presencia de Dios
Aunque este privilegio pertenecía exclusivamente a los sacerdotes de Israel, sabemos que tenían libre acceso a la morada de Dios. Un verdadero israelita pensaba que no había privilegio más alto que éste. El salmista canta: “Bienaventurado el hombre a quien tú escogieres y atrajeres a ti, para que habite en tus atrios” (Salmo 65:4). La preciosa sangre de Cristo ha abierto el camino para que el creyente entre en la presencia de Dios. El que conoce el pleno poder de la sangre se acerca tanto a Él que siempre puede vivir en la presencia inmediata de Dios. Allí tiene la seguridad del amor de Dios, experimenta perfecto descanso y paz, recibe toda la dirección y enseñanza necesarias, y su fuerza aumenta continuamente. La comunión con Dios produce en él disposiciones semejantes a las de Dios. Morar con el Santo lo hace santo.
2. La vocación de ofrecer sacrificios espirituales a Dios
El gozo de los sacerdotes al acercarse a Dios estaba subordinado por completo a algo superior. Estaban allí como siervos del Lugar Santo, para llevar a Dios lo que le pertenecía. El servicio consistía en: traer la sangre rociada; preparar el incienso para llenar la casa con su fragancia; y ordenar todo lo que pertenecía a la casa de Dios.
Si la sangre de Jesús nos acerca, es también, principalmente, para que vivamos delante de Dios como sus siervos. Los sacerdotes llevaban la sangre al Lugar Santísimo delante de Dios. En nuestra relación con Dios no hay ofrenda más agradable que la de honrar con fe la sangre del Cordero. Los sacerdotes llevaban el incienso al Lugar Santo. Las oraciones del pueblo de Dios son el delicioso incienso. La vida del creyente que verdaderamente disfruta de acercarse a Dios por la sangre es una vida de oración incesante.
Pero hay algo más. Gracias a Dios, bajo el Nuevo Pacto no hay arreglos externos ni exclusivos para el culto divino. El Padre ha ordenado que todo lo que haga cualquiera que esté caminando en Su presencia, solo por eso, se convierte en una ofrenda espiritual. “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Colosenses 3:17). De esta manera, todas nuestras acciones se convierten en ofrendas de agradecimiento a Dios.
3. El poder de procurar bendición para los demás
La bendición más alta del sacerdocio es que el sacerdote aparece como representante de los demás ante Dios. En Israel los sacerdotes eran los mediadores entre Dios y el pueblo. Este privilegio pertenece ahora a todos los creyentes, como la familia sacerdotal del Nuevo Pacto. Podemos ejercer nuestra dignidad sacerdotal de una doble manera:
Por intercesión: El ministerio de intercesión es uno de los mayores privilegios del hijo de Dios. En la verdadera “oración de fe”, el intercesor debe pasar tiempo con Dios para apropiarse de las promesas de su Palabra, y debe permitir que el Espíritu Santo le enseñe si las promesas pueden aplicarse a este caso particular. Permanece en la presencia de Dios, hasta que Dios, por su Espíritu, despierta la fe de que en este asunto la oración ha sido escuchada.
De manera instrumental: No solo obtenemos bendición para otros por medio de la intercesión, sino que nos convertimos en los instrumentos por los cuales se ministra. El poder sacerdotal de bendecir depende de la vida sacerdotal en la presencia de Dios. El que experimenta allí el poder de la sangre para preservarlo tendrá el valor de creer que la sangre realmente puede liberar a otros. El poder vivificante de la sangre creará en él la misma disposición que Jesús derramó: el sacrificio de sí mismo para redimir a otros.
QUINTA PARTE: HABITAR EN EL “LUGAR SANTÍSIMO” POR LA SANGRE
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que nos fue abierto a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:19-22).
El “Lugar Santísimo” es el lugar donde Dios mora. No se refiere solamente al cielo, sino al lugar espiritual de la presencia de Dios, donde podemos andar todo el día. El texto nos presenta:
Lo que Dios ha preparado para nosotros:
1. El Lugar Santísimo: Llevarnos al “Lugar Santísimo” es el fin de la obra redentora de Jesús. Es simplemente el lugar donde Dios mora. Bajo el Nuevo Pacto existe el verdadero Tabernáculo espiritual, que no está confinado en ningún lugar. ¡Qué glorioso privilegio es entrar en el Lugar Santísimo y morar allí, andar todo el día en la presencia de Dios!
2. La Sangre de Jesús: La entrada al Lugar Santísimo pertenece a Dios. Dios mismo lo pensó y lo preparó; tenemos la libertad, el derecho de entrar por la Sangre de Jesús. La Sangre de Jesús ejerce un poder tan maravilloso que, por medio de ella, un hijo de perdición puede obtener plena libertad para entrar en el Santuario divino.
3. Un camino nuevo y vivo: “Por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, es decir, de su carne”. La lección que tenemos que aprender aquí es esta: el camino hacia el “Lugar Santísimo” es a través del velo desgarrado de la carne. El pecado tiene su poder en la carne, y solo al quitar el pecado, el velo puede ser quitado. La carne debe ser sacrificada, entregada a la muerte. En la medida en que el creyente percibe la pecaminosidad de su carne y hace morir todo lo que está en la carne, entenderá mejor el poder de la Sangre.
4. El gran sacerdote: “Y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos”. No solo tenemos la obra, sino la persona viva de Cristo, al entrar en el “Lugar Santísimo”; no solo la Sangre y el camino vivo, sino Jesús mismo, como “Sumo Sacerdote sobre la Casa de Dios”. Como Sumo Sacerdote compasivo, Él sabe cómo inclinarse ante cada uno, incluso ante los más débiles.
Cómo estamos preparados para entrar:
1. Con un corazón sincero: Un corazón que sea totalmente honesto con Dios, que esté entregado por completo a Él. Un corazón que verdaderamente abandona todo para entregarse a la autoridad y al poder de la Sangre. No tengamos miedo de decir a Dios que nos acercamos con un corazón sincero. Tengamos la seguridad de que Dios no nos juzgará según la perfección de lo que hagamos, sino según la honestidad con que nos rindamos.
2. En plena certidumbre de fe: “Sin fe es imposible agradar a Dios”. Aquí, en la entrada al “Lugar Santísimo”, todo depende de “la plena certeza de la fe”. Debemos creer que existe un Lugar Santo donde podemos morar y caminar con Dios, y que el poder de la preciosa Sangre ha conquistado el pecado tan perfectamente que nada puede impedir nuestra comunión. Por medio de la comunión con “Jesús, el consumador de la fe” (Hebreos 12:2), nuestra fe crece.
3. Corazones purificados de mala conciencia: Una mala conciencia dice que no todo está bien entre Dios y el hombre; no solo que comete pecado, sino que es pecador y está alejado de Dios. Una conciencia limpia da testimonio de que agrada a Dios (Hebreos 11:5). La Sangre de Jesús debe ser puesta por el Espíritu Santo en contacto directo con nuestros corazones de tal manera que éstos sean limpiados de una mala conciencia.
4. Cuerpos lavados con agua pura: El corazón debe ser rociado con sangre, el cuerpo debe ser lavado con agua pura. Así como nunca soñarías con entrar en la presencia de un rey sin lavarte, tampoco puedes imaginar que puedas entrar en la presencia de Dios, en el Lugar Santísimo, si no estás limpio de todo pecado. Los impuros no pueden entrar en el Lugar Santísimo.
SEXTA PARTE: LA VIDA EN LA SANGRE
“Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:53-54).
¿Qué es la bendición que se describe como “beber la sangre”?
Beber expresa una conexión mucho más íntima con el agua que lavarse, y por lo tanto produce un efecto más poderoso. La sangre no solo debe hacer algo por nosotros, colocándonos en una nueva relación con Dios, sino que debe hacer algo EN nosotros, renovándonos enteramente por dentro.
Nuestro Señor distingue dos clases de vida. Los judíos tenían una vida natural de cuerpo y alma. Muchos de ellos eran hombres devotos y bien intencionados, pero Él dijo que no tenían vida en ellos a menos que “comieran su carne y bebieran su sangre”. Necesitaban otra vida, una nueva, una vida celestial, que Él poseía y que podía impartir. Toda vida de las criaturas debe obtener alimento fuera de sí misma. La vida natural se alimentaba naturalmente, por pan y agua. La vida celestial debe ser alimentada por alimento y bebida celestiales, por Jesús mismo. “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Nada menos debe llegar a ser nuestro que Su vida, la vida que Él, como Hijo del Hombre, vivió en la tierra.
Nuestro Señor enfatizó esto aún más fuertemente en las palabras que siguen: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el día postrero”. La vida eterna es la vida de Dios. Nuestro Señor vino a la tierra, en primer lugar, para revelar esa vida eterna en la carne y luego para comunicarla a nosotros que estamos en la carne. En Él vemos la vida eterna morando en su poder divino, en un cuerpo de carne; que fue llevado al cielo. Él nos dice que aquellos que comen Su carne y beben Su sangre, que participan de Su cuerpo como su sustento, experimentarán también en sus propios cuerpos el poder de la vida eterna. “Yo lo resucitaré en el día postrero”. La maravilla de la vida eterna en Cristo es que era vida eterna en un cuerpo humano. Debemos ser participantes de ese cuerpo, no menos que en las actividades de Su Espíritu, entonces nuestro cuerpo, también, poseyendo esa vida, un día será resucitado de entre los muertos.
Nuestro Señor dijo: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. La palabra traducida “verdaderamente” aquí es la misma que Él usó cuando pronunció Su parábola de la Vid Verdadera: “Yo soy la vid verdadera”, indicando así la diferencia entre lo que era solo un símbolo y lo que es la verdad real. El alimento terrenal no es un alimento REAL, porque no imparte vida real. El único alimento verdadero es el cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo, que imparte y sustenta la vida, y eso no de una manera meramente simbólica o vaga. En un sentido pleno y real, la carne y la sangre del Señor Jesús son el alimento por el cual la vida eterna se nutre y sustenta en nosotros.
Para señalar la realidad y el poder de este alimento, nuestro Señor añadió: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él”. El alimento de su carne y sangre produce la unión más perfecta con él. Ésta es la razón por la que su carne y su sangre tienen tal poder de vida eterna. Nuestro Señor declara aquí que quienes creen en él no solo experimentarán ciertas influencias de él en sus corazones, sino que serán llevados a la unión más estrecha y duradera con él. “El que bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él”.
Ésta es, pues, la bendición de beber la sangre del Hijo del hombre: llegar a ser uno con Él, a ser partícipe de la naturaleza divina en Él. Cuán real es esta unión se puede ver en las palabras que siguen: “Como yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí”. Nada, excepto la unión que existe entre nuestro Señor y el Padre, puede servir como tipo de nuestra unión con Él. Así como en la naturaleza divina invisible las dos Personas son verdaderamente una, así también el hombre llega a ser uno con Jesús; la unión es tan real como la de la naturaleza divina, solo que con esta diferencia: que, así como la naturaleza humana no puede existir separada del cuerpo, esta unión incluye también al cuerpo.
Cómo se obra en nosotros esta bendición: o qué es realmente “beber la sangre de Jesús”
La primera idea que aquí se presenta es que “beber” indica la apropiación profunda y verdadera en nuestro espíritu, por la fe, de todo lo que entendemos acerca del poder de la sangre. A veces hablamos de “beber” las palabras de un orador, cuando nos entregamos de corazón a escucharlas y recibirlas. Así, cuando el corazón de alguien está lleno de un sentido de la preciosidad y el poder de la sangre; cuando con verdadero gozo se pierde en la contemplación de ella; cuando, con fe sincera, la toma para sí y busca convencerse en su ser interior del poder vivificante de esa sangre; entonces puede decirse con razón que “bebe la sangre de Jesús”.
Pero hay una verdad más profunda. En la Cena del Señor, hay algo más que el simple hecho de que el creyente se apropie de la obra redentora de Cristo. Calvino enseña que, de una manera oculta e incomprensible, pero en realidad, nosotros, por medio del Espíritu Santo, somos tan nutridos por el cuerpo y la sangre de Jesús en Cristo, que incluso nuestro cuerpo, por el poder de Su cuerpo, se vuelve partícipe del poder de la vida eterna. Por eso relaciona la resurrección del cuerpo con el acto de comer el cuerpo de Cristo en la Cena. Escribe así: “La presencia corporal que exige el Sacramento es tal y ejerce tal poder aquí que no solo se convierte en la seguridad indudable de la vida eterna en nuestro espíritu, sino que también asegura la inmortalidad de la carne. Si alguien me pregunta cómo puede ser esto, no me avergüenzo de reconocer que es un misterio demasiado elevado para que mi espíritu lo comprenda o mis palabras lo expresen. Lo siento más de lo que puedo entenderlo”.
La comunión de la carne y de la sangre de Cristo es necesaria para todos los que desean heredar la vida eterna. El Apóstol dice: “La Iglesia… es su cuerpo” (Efesios 1:23); “Él es la cabeza, de quien todo el cuerpo, bien coordinado, produce crecimiento en el cuerpo” (Efesios 4:15-16). Nuestros cuerpos son miembros de Cristo (1 Corintios 6:15). Vemos que todo esto no puede suceder si Él no está unido a nosotros en cuerpo y espíritu. El Apóstol vuelve a hacer uso de una gloriosa expresión: “Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos”. Luego exclama: “Grande es el misterio”.
El Catecismo de Heidelberg explica esto claramente: “Comer el cuerpo crucificado de Cristo y beber su sangre derramada no es solo abrazar con un corazón creyente todos los sufrimientos y la muerte de Cristo, y recibir así el perdón del pecado y la vida eterna; sino también, además de eso, llegar a estar cada vez más unidos a su cuerpo sagrado, por el Espíritu Santo que habita a la vez en Cristo y en nosotros; de modo que nosotros, aunque Cristo está en el cielo y nosotros en la tierra, somos, no obstante, carne de su carne y hueso de sus huesos; y vivimos y somos gobernados por siempre por un solo Espíritu”.
¿Cuál debe ser nuestra actitud ante esta bebida?
Solo quien anhela la unión plena con Jesús aprenderá correctamente lo que es beber la sangre de Jesús. “El que bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él”. El que se contenta con el perdón de sus pecados, el que no tiene sed de que se le haga beber abundantemente del amor de Jesús, el que no desea experimentar la redención del alma y del cuerpo en su pleno poder, tendrá solo una pequeña parte en este “beber de la sangre”.
El Espíritu Santo hará que el alma sedienta beba del refrigerio celestial de esta bebida que da vida. Ya hemos dicho que esta bebida es un misterio celestial. En el cielo, donde está Dios, el Juez de todos, y donde está Jesús, el Mediador del Nuevo Pacto, también está “la sangre rociada” (Hebreos 12:23-24). Cuando el Espíritu Santo nos enseña, tomándonos, por así decirlo, de la mano, nos otorga más de lo que nuestro entendimiento meramente humano puede captar.
Por nuestra parte, debe haber una expectativa de fe tranquila, firme y firme de que esta bendición nos será otorgada. Debemos creer que todo lo que la preciosa sangre puede hacer u otorgar es realmente para nosotros. Creamos que el Salvador mismo nos hará beber su sangre para vivir por medio del Espíritu Santo. Creamos y apropiémonos de corazón y de continuo de aquellos efectos de la sangre que entendemos mejor, es decir, sus efectos reconciliadores, purificadores y santificadores. Podemos entonces, con la mayor certeza y alegría, decir al Señor: “Oh Señor, tu sangre es mi bebida de vida. Tú que me has lavado y purificado con esa sangre, me enseñarás cada día a comer la carne del Hijo del hombre y a beber su sangre, para que yo permanezca en Ti y Tú en mí”. Seguramente lo hará.
SÉPTIMA PARTE: VICTORIA POR LA SANGRE
“Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11).
Durante miles de años había habido un poderoso conflicto por la posesión de la humanidad, entre la Serpiente Antigua, que extravió al hombre, y “la simiente de la mujer”. A menudo parecía como si el reino de Dios hubiera llegado con poder; pero otras veces el poder del mal obtenía tal supremacía que la lucha parecía desesperada.
Así fue también en la vida de nuestro Señor Jesús. Con su venida, con sus maravillosas palabras y obras, se despertaron las más gloriosas expectativas de una redención rápida. ¡Cuán terrible fue la desilusión que la muerte de Jesús trajo a todos los que habían creído en Él! Parecía, en verdad, como si los poderes de las tinieblas hubieran vencido y hubieran establecido su reino para siempre. Pero, ¡he aquí! Jesús ha resucitado de entre los muertos, una aparente victoria que resultó ser la terrible caída del príncipe de las tinieblas. Al provocar la muerte del “Señor de la Vida”, Satanás permitió que Él, el único que era capaz de abrir las puertas de la muerte, entrara en su reino. “Por medio de la muerte destruyó al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo”. En ese momento santo cuando nuestro Señor derramó Su sangre en la muerte, y parecía que Satanás había salido victorioso, el adversario fue despojado de la autoridad que había poseído hasta entonces.
La victoria ganada de una vez por todas
Satanás, el acusador de los hermanos, tenía entrada en el cielo y autoridad sobre el mundo porque el hombre había pecado. En el libro de Job vemos a Satanás venir, con los Hijos de Dios, para presentarse ante el Señor; y obtener permiso de Él para tentar a Su siervo Job. En el libro de Zacarías leemos que vio “a Josué el sumo sacerdote de pie delante del ángel del Señor, y a Satanás de pie a su diestra para resistirle”. Luego está la declaración de nuestro Señor, registrada en Lucas 10:18: “Vi a Satanás caer del cielo como un rayo”. Más tarde, en Su agonía del alma, dijo: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:32).
Cuando Satanás provocó la caída del hombre y se entregó a sí mismo el mundo y se convirtió en su príncipe, tenía autoridad real sobre todo lo que había en él. El hombre había sido destinado a ser rey de este mundo, porque Dios había dicho: “Ten autoridad”. Cuando Satanás conquistó al rey, tomó todo su reino bajo su autoridad; y esta autoridad fue reconocida por Dios. Dios nunca usó Su poder ni ejerció fuerza en este asunto, sino que siempre tomó el camino de la Ley y el Derecho; y así Satanás retuvo su autoridad hasta que se la quitaron de una manera legal.
El Hijo de Dios tuvo que venir en carne, para luchar y vencer a Satanás, en su propio terreno. Por esta razón también, al comienzo de su vida pública, nuestro Señor, después de su unción, siendo así reconocido abiertamente como el Hijo de Dios, “fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo”. La victoria sobre Satanás pudo obtenerse solo después de que Él personalmente hubiera soportado y resistido sus tentaciones.
Pero esta victoria no fue suficiente. Cristo vino para “destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo”. El diablo tenía ese poder de muerte a causa de la Ley de Dios. Esa ley lo había instalado como carcelero de sus prisioneros. La Escritura dice: “El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley”. La victoria sobre Satanás y la expulsión de él no podían tener lugar hasta que las justas demandas de la ley se cumplieran perfectamente.
Fue por medio de su muerte y el derramamiento de su sangre que el Señor Jesús cumplió las exigencias de la ley. La ley había estado declarando incesantemente que “la paga del pecado es muerte”; “el alma que pecare, morirá”. Como nuestro Fiador, el Hijo de Dios nació bajo la ley. La obedeció perfectamente. Resistió las tentaciones de Satanás de sustraerse a su autoridad. Se entregó voluntariamente para soportar el castigo del pecado. Cuando derramó su sangre, había consagrado toda su vida, hasta el fin mismo, al cumplimiento de la ley. Cuando la ley se hubo cumplido así perfectamente, la autoridad del pecado y de Satanás llegó a su fin. Por lo tanto, la muerte no pudo retenerlo. “Mediante la sangre del pacto eterno”, Dios lo resucitó de entre los muertos. Así también él “entró en el cielo por su propia sangre”, para hacer efectiva su reconciliación por nosotros.
Hay una victoria progresiva que sigue a esta primera victoria
Habiendo sido arrojado Satanás a la Tierra, la victoria celestial ahora debe llevarse a cabo aquí. Esto se indica en las palabras del Cántico de Victoria: “Ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero”. Sabemos por la porción de Daniel (Daniel 10:12-13) qué comunión existe entre el cielo y la tierra en la realización de la obra de Dios. Tan pronto como Daniel oró, el ángel se puso en acción, y las tres semanas de lucha en los lugares celestiales fueron tres semanas de oración y ayuno en la tierra.
En el capítulo doce del Apocalipsis se nos enseña claramente cómo el conflicto fue trasladado del cielo a la tierra. “¡Ay de los moradores de la tierra!”, exclamó la voz del cielo, “porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo”. En las sangrientas persecuciones en las que cientos de miles de cristianos perecieron como mártires, Satanás hizo todo lo posible para llevar a la iglesia a la apostasía, o para erradicarla por completo; pero en su sentido pleno, la declaración de que “ellos han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” se aplica a los mártires.
Durante todas las épocas, no fueron pocos los que pelearon la batalla de la fe, y por la piedad de sus vidas y su testimonio por el Señor, se estableció la afirmación: “Ellos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos”. Fue el descubrimiento, la experiencia y la predicación de la gloriosa verdad de que somos “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre”, lo que dio a los Reformadores tan maravilloso poder y tan gloriosa victoria. Donde se rocía la sangre santa del Cordero, allí mora Dios y Satanás es puesto en fuga.
También nosotros tenemos parte en esta victoria
1. No puede haber victoria sin conflicto. Debemos reconocer que vivimos en territorio enemigo. Satanás ha sido arrojado a la tierra, tiene gran ira porque tiene poco tiempo. Ahora no puede alcanzar a Jesús glorificado, pero trata de alcanzarlo atacando a su pueblo. Debemos vivir siempre bajo la santa conciencia de que estamos vigilados, a cada momento, por un enemigo de astucia y poder inimaginables. El creyente que desea participar de la victoria sobre Satanás “por la sangre del Cordero” debe ser un luchador. Debe saber que esta lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados, “contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:10).
2. La victoria es por medio de la fe. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Juan 5:4-5). “Tened ánimo”, dijo nuestro Señor Jesús, “yo he vencido al mundo”. Satanás es ya un enemigo vencido. No tiene nada, absolutamente nada por derecho, que decir a quien pertenece al Señor Jesús. Por incredulidad, por ignorancia o por dejar de lado el hecho de que tengo una participación en la victoria de Jesús, puedo darle a Satanás, nuevamente, una autoridad sobre mí que de otra manera no poseería. Pero cuando sé, por una fe viva, que soy uno con el Señor Jesús, y que el Señor mismo vive en mí, y que Él mantiene y continúa en mí esa victoria que Él ganó, entonces Satanás no tiene poder sobre mí.
3. Esta victoria de la fe está en comunión con la sangre del Cordero. La fe no es meramente un pensamiento al que me aferro; es una vida. La fe pone al alma en contacto directo con Dios y con las cosas invisibles del cielo, pero sobre todo, con la sangre de Jesús. No es posible creer en la victoria sobre Satanás por la sangre sin estar yo mismo completamente bajo su poder. Procurad entrar más profundamente en la perfecta reconciliación con Dios que es vuestra. Vivid constantemente ejercitando la fe en la seguridad de que “la sangre limpia de todo pecado”; entrégate a ser santificado y acercado a Dios por medio de la sangre; dejad que ella sea vuestro alimento vivificante y vuestra dote. De este modo tendréis una experiencia ininterrumpida de victoria sobre Satanás y sus tentaciones.
OCTAVA PARTE: GOZO CELESTIAL POR LA SANGRE
“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar… que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero… y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. Estos son los que han venido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7:9-14).
Estas palabras aparecen en la conocida visión de la gran multitud en la gloria celestial, que nadie podía contar. En espíritu, el Apóstol los vio de pie ante el trono de Dios y del Cordero, vestidos con largas vestiduras blancas y con palmas en sus manos; y cantaban en voz alta: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero”. Esta explicación, dada por uno de los ancianos que estaban alrededor del trono, acerca del estado de los redimidos en su gloria celestial, es de gran valor. Nos revela el hecho de que no solo en este mundo de pecado y de lucha la sangre de Jesús es la única esperanza del pecador, sino que en el cielo, cuando todo enemigo haya sido dominado, esa preciosa sangre será reconocida para siempre como la base de nuestra salvación.
La sangre otorga el derecho a un lugar en el cielo
En la pregunta: “¿Quiénes son estos que están vestidos de ropas blancas y de dónde vienen?”, el Anciano desea despertar la atención y la investigación sobre quiénes son realmente estas personas favorecidas, que están de pie delante del trono y del Cordero, con palmas en sus manos. Responde a la pregunta: “¿De dónde vienen?” diciendo que “vienen de la gran tribulación”. A la pregunta: “¿Quiénes son estos?”, responde que “han lavado sus largas vestiduras blancas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero”. Esto es lo único a lo que, como su marca distintiva, llama la atención. Esto solo les da el derecho al lugar que ocupan en la gloria.
“Por lo tanto” —es por esa sangre que están delante del trono. Le deben a la sangre del Cordero que ocupen ese lugar tan alto en la gloria. La sangre les da el derecho a ser salvos. La sangre del Cordero da al pecador creyente el derecho al cielo. “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Al derramar Su sangre, Él realmente llevó el castigo del pecado. Se entregó a la muerte realmente en nuestro lugar. Dio Su vida en rescate por muchos. Ahora que el castigo ha sido llevado, y la sangre de nuestro Señor realmente ha sido derramada como rescate, y aparece ante el trono de Dios en el cielo, ahora la justicia de Dios declara que, como la Fianza del pecador había cumplido todos los requisitos de la ley, Dios declara justo al pecador que cree en Cristo.
La sangre otorga la idoneidad para el cielo
De poco sirve que los hombres tengan derecho a algo si no están preparados para disfrutarlo. Conceder el derecho al cielo a quienes no están preparados para ello en ese momento no les causaría ningún placer. En qué consiste la bienaventuranza del cielo y cuál es la disposición que la hace apta para recibirla, se nos dice mediante palabras relacionadas con nuestro texto: “Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado en el trono tenderá su tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de agua de vida, y Dios enjuagará toda lágrima de los ojos de ellos”.
La cercanía y la comunión con Dios y el Cordero constituyen la bienaventuranza del cielo. ¿Qué preparación se necesita para tener tal relación con Dios y el Cordero? Consiste en dos cosas:
1. Acuerdo interno en mente y voluntad. No puede haber ningún pensamiento de idoneidad para el cielo aparte de la unidad con la voluntad de Dios. “Sin santidad nadie puede ver al Señor”. La naturaleza entera del hombre debe ser renovada, para que pueda pensar, desear, querer y hacer lo que agrada a Dios. ¿No es esto precisamente lo que hemos visto que hace la sangre del Cordero? “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Cuando la reconciliación y el perdón son aplicados por el Espíritu Santo, allí la sangre opera con un poder divino, matando los deseos y las pasiones pecaminosas. La sangre también santifica. Al deleitarnos y perdernos en esa sangre santa, el poder de la entrega total a la voluntad y gloria de Dios es eficaz en nosotros.
2. Deléitese en Su cercanía y comunión. Hemos visto cómo la sangre nos acerca a Dios; conduciendo a un acercamiento sacerdotal, sí, tenemos libertad, por la sangre, para entrar en el “Lugar Santísimo” de la presencia de Dios, y hacer allí nuestra morada. La sangre hace posible la práctica de la comunión con Dios, y no menos con el Cordero, con el Señor Jesús mismo. “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él”. Es solamente nuestra incredulidad la que separa la obra de la persona, y la sangre del Señor Jesús. Es Él mismo quien limpia por medio de Su sangre, nos acerca y nos hace beber. Es solamente por medio de la sangre que somos aptos para la comunión plena con Jesús en el cielo, tal como lo somos con el Padre.
La sangre proporciona el tema para el cántico del cielo
El cántico de los redimidos es: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y nación, y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes” (Apocalipsis 5:9-10). Sin cesar, la sangre del Cordero sigue siendo fuerza para despertar a los salvados a su canto de alegría y de acción de gracias; porque en la muerte de la cruz se realizó el sacrificio en el que Él se entregó por ellos, y los ganó para Sí; porque, además, la sangre es el sello eterno de lo que Él hizo, y del amor que lo movió a hacerlo.
Observemos la expresión: “El que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. En toda nuestra consideración acerca de la sangre de Jesús, esta es una de las cosas más gloriosas: Su sangre es la señal, la medida, sí, la impartición de Su amor. Cada aplicación de Su sangre, cada vez que hace que el alma experimente su poder, es un nuevo fluir de Su maravilloso amor. La experiencia completa del poder de la sangre en la eternidad no será otra cosa que la revelación completa de cómo Él se entregó por nosotros, y se nos da a nosotros, en un amor eterno, sin fin, incomprensible, como Dios mismo.
“El que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. Este amor es, en verdad, incomprensible. ¿Qué no lo ha movido a hacer ese amor? Se entregó a sí mismo por nosotros; se hizo pecado por nosotros; se hizo maldición por nosotros. ¡Bendito sea el Señor!, llegará un tiempo en que lo sentiremos, cuando bajo el amor incesante e inmediato, al compartir la vida celestial, seremos llenos y satisfechos con ese amor. Sí, ¡alabado sea el Señor! Incluso aquí en la tierra hay esperanza de que mediante un mejor conocimiento y una confianza más perfecta en la sangre, el Espíritu derramará con más poder “el amor de Dios en nuestros corazones”.
CONCLUSIÓN: LA INVITACIÓN FINAL
El libro concluye con una poderosa exhortación a todos los creyentes:
“Acerquémonos” al Lugar Santísimo por la sangre. No nos conformemos con permanecer en el pórtico. No basta con albergar la esperanza de que nuestros pecados son perdonados. Entremos tras el velo. Avancemos en espíritu hacia una verdadera cercanía a nuestro Dios.
“Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe”. El que se entrega sincera y enteramente a Dios experimentará la plena certidumbre de fe para recibir todo lo que la Palabra ha prometido.
“Acerquémonos, purificados los corazones de mala conciencia”. Recibamos en nuestros corazones la fe en el poder perfecto de la sangre, y desechemos todo lo que no esté de acuerdo con la pureza del Lugar Santo.
Que la sangre sea toda nuestra gloria, no solo en la Cruz con sus terribles maravillas, sino también en el Trono. Sumerjámonos profundamente en la fuente viva de la sangre del Cordero. Abramos nuestros corazones de par en par para su operación. Unámonos con alegría en el canto de la gran multitud: “Nos has redimido para Dios, con tu sangre”.
“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (Apocalipsis 1:5-6)
Nota final: Este artículo resume fielmente el contenido de la segunda parte del libro “El Poder de la Sangre de Jesús” de Andrew Murray, extrayendo todos sus conceptos sobre la aplicación práctica de la sangre en la vida del creyente: reconciliación, limpieza, santificación, acceso a Dios, vida en la sangre, victoria y gozo celestial. Cada sección refleja la enseñanza del autor tal como fue presentada en su obra.



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